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Homenaje al Día del Maestro

El viernes 6 de julio, en un homenaje al Día del Maestro, celebrado por egresados de La Cantuta, el profesor Manuel Valdivia Rodríguez pronunció el discurso que nos complace hacer público  

Publicado: 2018-07-07

Por MANUEL VALDIVIA RODRIGUEZ

“Amigas, amigos: colegas, como se llaman entre sí los docentes de las instituciones educativas.

Ahora que estamos reunidos en un grupo tan numeroso, me permito recordar cómo empezaron estos encuentros, hace ya más de un lustro. Al comienzo fuimos tres amigos, los tres profesores de secundaria (Maura Ito, Eduardo Chamorro y yo), a quienes se nos ocurrió que debíamos buscar a nuestros antiguos compañeros en la Escuela Normal para un encuentro amical, fraterno, probablemente lleno de recuerdos y añoranzas. ¿Por qué no? Dijimos. Y así comenzamos a juntarnos para celebrar las bodas de oro de las promociones que ingresaron a la escuela en el año de 1959.

Y luego decidimos seguir reuniéndonos en fechas altamente significativas: para el aniversario de la marcha que simbolizó la lucha por la autonomía de nuestra escuela y por su carácter universitario; para el Día del Maestro y para la fecha de diciembre en que recordamos el onomástico de nuestro querido director, el Dr. Walter Peñaloza.

Quienes estamos reunidos hoy tenemos en común el habernos formado como docentes en la Escuela Normal Superior Enrique Guzman y Valle, cuando esta era ya una institución de prestigio continental, alojada en el abrigado valle chosicano de La Cantuta, al margen del río Rímac y al pie del Talcomachay. Nos formamos allí y egresamos, unos, pocos años antes de 1960; otros, algunos años después. Con algún riesgo, pienso que formamos la generación magisterial de los 60.

Nos graduamos con toga y birrete -como se estilaba desde la edad media para señalar a los gradados universitarios- y con el título en mano nos desperdigamos por todo el país, para formar parte de un sistema que estaba creciendo desmesuradamente desde los años 50. Salvo quienes llegaron a las grandes unidades escolares recién construidas, los demás se hicieron cargo de la docencia en locales antiguos, con muebles desvencijados, carentes de bibliotecas, laboratorios, talleres y hasta de luz eléctrica, muy distintos de lo que habíamos soñado en nuestra escuela.

Esa situación nunca nos desanimó: estábamos formados para superar todos los obstáculos y cumplir con nuestro lema: Educar al hombre en todo cuanto tiene de hombre; es decir, estábamos firmemente comprometidos con la educación integral, que es un derecho inalienable de toda persona.

Con ese ideal en la mente, profundamente arraigado en nuestro espíritu, nos hicimos cargo de grupos numerosos de alumnos: cuarenta, cincuenta, y a veces más, pero todos atentos, asombrados por nuestro talante juvenil pero seguro, y deseosos de aprender.

Los pueblos adonde llegamos eran todavía apacibles, soledosos pero amables; y si eran ciudades, estas tenían todavía una atmósfera social enteramente vivible. Eran escenarios donde podíamos desempeñar nuestra labor con los perfiles para los cuales habíamos sido formados.

La situación que enfrentan los profesores jóvenes egresados de las facultades de educación y de los institutos pedagógicos, es ahora muy distinta. Su preparación para la enseñanza es feble, su cultura general tiene vacíos, su conocimiento de ciencia y humanidades es elemental. En general tienen muchas carencias para ejercer la docencia en las condiciones actuales. Se hacen cargo de grupos pequeños, con quince o veinte alumnos que quisieran estar mejor en sus hogares con la televisión encendida o con una tablet en la mano; chicos y chicas que apenas piensan en su futuro, condenados a ser parte de la generación “nini”, aquella de los que ni estudian ni trabajan. Chicos cuyos padres son capaces de acudir al INDECOPI o al poder judicial para reclamar por mejores notas para sus hijos o que pegan un grito al cielo porque el profesor se atrevió a desaprobar a sus retoños.

Los maestros menores que nosotros -aquellos que están todavía en ejercicio de su profesión docente- no tienen hoy mucho que celebrar. Trabajan en medio de una sociedad deseducadora, que contradice todos los anhelos de la docencia. Desorden, falta de responsabilidad, ruptura de normas elementales, violencia callejera, delincuencia, ausencia de valores, políticos venales, funcionarios corruptos, empresarios sin alma. Una suerte de sálvese quien pueda es lo que viven y respiran los niños y adolescentes de hoy y lo que impide a los maestros actuales cumplir con su tarea.

Y las instituciones educativas no son excepción. Aun en las escuelas primarias, ya se ve cómo se reflejan las sombras del exterior, se ve cómo las sacuden los aires venenosos que vienen de fuera: aun entre niños hay lo que llamamos bulling contra los más débiles; hay ya señales de exclusión, discriminación, burla y hasta racismos contra los cuales es difícil hacer algo. Hay, además, muestras de abulia frente a las cuales los maestros deben hacer fáciles las cosas.

Los maestros de hoy no tienen mucho que celebrar. “Perdonen la tristeza”, como dice un poema de nuestro Vallejo.

Y frente a todo eso, hoy, Día del Maestro, cobra vigencia aquello que aprendimos en nuestra Escuela Normal de La Cantuta: Que hay que luchar sin desmayo por la dignificación del magisterio.

Pero esa dignificación no vendrá de fuera: es premio que deben conseguir los propios maestros. Recuperar el reconocimiento social que alguna vez tuvo el magisterio; fomentar el respeto por la profesión, no con banderolas ni carteles, sino mostrando el fruto de la labor bien cumplida; dejar de ser meros cumplidores de mandatos superiores (rutas del aprendizaje, currículos mal hechos) y recuperar la autonomía de su función, todo eso es parte de la dignificación del magisterio.

Hoy más que nunca tenemos que reconocer que necesitamos mejorar la educación, pero no construyendo locales ampulosos ni dotando las aulas con computadoras y pizarras electrónicas, sino consiguiendo que la educación sea lo que en fondo siempre ha querido ser: una oportunidad para el encuentro afectivo e intelectual de maestros y alumnos en cuyo seno se produce el despliegue de las potencialidades de cada uno de los estudiantes. Pero eso no es obra de uno solo en medio de otros que miran para lados diferentes; es obra de los colectivos docentes que laboran en las instituciones.

Otro gran maestro, José Antonio Encinas, decía que toda escuela es un cuerpo colegiado de maestros y alumnos que trabajan con los mismos fines e ideales. Nuestra querida y añorada escuela normal fue eso: un cuerpo de docentes y alumnos que llegaron -llegamos- a compartir una misma esperanza. Por eso la ENS fue grande, un faro en América latina.

De los maestros que nos acompañaron allá en los 60 quedan algunos que felizmente todavía están cerca de nosotros. A ellos -ahora presentes- va nuestro homenaje de gratitud, a ellos, y a quienes se fueron donde los más, como decían los griegos. Por eso pido un aplauso cálido para Alvaro Villavicencio… para Ernesto Viacava… para César Carranza… para Ernesto Rodríguez Láinez… para Gerardo Ayzanoa. Y un aplauso sonoro para los maestros peruanos, que hoy celebran su día… Muchas gracias”.



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