¿Hasta cuándo?

una análisis actual de la política yanqui

La era Trump

Publicado: 2018-02-04

Por Eduardo Arroyo Laguna

27 de enero de 2018

Vivimos tiempos tumultuosos en el que todas las virtudes parecieran extravertirse así como las pulsiones y miedos enemigos de la vida.

La contradicción fundamental de la época es aquella que enfrenta a la globalización neoliberal con un modelo alternativo, antiglobalización, altermundista. Son fuerzas motrices del cambio social los movimientos juveniles, ecológicos, femeninos, culturales y étnicos, religiosos; masas de inmigrantes, movimientos pacifistas, defensores de los derechos humanos y muchos más

Lo que caracteriza a este mundo ya no unipolar bajo la hegemonía estadounidense es su carácter multipolar. Entra en declinación el imperio norteamericano y surgen diversos polos de poder.

No estamos en una época de signos ideológicos diferentes. Con excepción del modelo chino, caracterizado en el último Congreso de la RPCH por su presidente Xi Yinping de "Socialismo con características propias", el pragmatismo del coloso del Lejano Oriente, no manifiesta ante el mundo una voluntad comunista sino el pedido de ingresar a la OMC y un pragmatismo que entrecruza áreas de control estatal, áreas de economía mixta con capital estatal y privado, áreas capitalistas (vg. la ciudad turística de Zhen Zhen). Un artículo aparte merecen la realidad cubana y la coreana pero en líneas muy generales podemos decir que no hay, a nivel planetario, dos sistemas enfrentados antagónicamente sino que se advierte la primacía del mercado capitalista luchando las potencias por el poder y control del mismo.

Demás está decir, que ante la decadencia de Occidente (que incluye a la Unión Europea), el viento sopla favorablemente a favor de Asia.

LO QUE SIGNIFICA EL GOBIERNO DE DONALD TRUMP

El establishment norteamericano es quien realmente gobierna representando a los sectores de la plutocracia estadounidense y al complejo industrial-militar, verdadero poder detrás del trono, sean gobiernos republicanos o demócratas. Si bien con Barack Obama se les escapó el gobierno aunque el establishment siguió dictando el libreto, no pudo impedir que en ocasiones expresara Obama un discurso más aperturista (el Obamacare, la apertura de relaciones con Cuba primando sin embargo las invasiones a los países árabes de Medio Oriente y la consiguiente reconfiguración geográfica del mismo). No han logrado totalmente sus objetivos pero está claro para todo el mundo que debajo de cada invasión y estropicio están las tropas estadounidenses bajo el pretexto de imponer la democracia.

Si EEUU, ante la caída en desgracia de la banca mundial luego de la crisis del 2008-2009 y una sociedad, que si bien racista requería de un salvador, encontró en Obama una suerte de mesías negro con el “Sí se puede”, hoy con Trump exhibe los rasgos más arcaicos de la historia del capitalismo. Encarna del mejor modo los miedos globales (al terrorismo, la presencia de culturas diferentes, el odio a los inmigrantes). Con Trump pareciera que los Estados Unidos vuelven a un humor espiritual retrógrado, oscurantista, ignorante, sexista, machista, supremacista blanco, xenófobo, homófobo. Trump encarna un capitalismo en decadencia. También representa al Pentágono, que necesita, lejos de los parámetros republicanos o demócratas, un presidente empresario que reivindique el supremacismo blanco ante el peligro de que el mundo latino sea mayoría hacia el año 2035.

Donald Trump ganó la votación presidencial gracias a los sectores estadounidenses ansiosos por volver a la época de bonanza de otrora, al “sueño americano”. Ha desechado la expansión de la globalización y todos los acuerdos internacionales y su política significa el retorno al aislacionismo, el proteccionismo de lo propio, los recursos, el trabajo. Pero al desechar lo global, Trump le hace el favor a los chinos, los que relanzan su franja y ruta de la seda logrando avances y alianzas en el mundo asiático, africano como el europeo. Lo global aparece encabezado hoy por hoy por los chinos con el apoyo de la Federación Rusa, los países del sudeste asiático y la Unión Europea. También desea China volver a su época de gloria entre los siglos XIII al XVIII y lo hace lanzando su ruta de la seda que envuelve al planeta entero.

El proteccionismo trumpiano frente a la globalización que es, en esencia aperturista, de puertas abiertas y expansiva, representaría aparentemente a los sectores más nacionalistas, más patrioteros. Esto, sin embargo, es engañoso por cuanto Trump es un multimillonario que ha lucrado en los negocios (centralmente en la especulación inmobiliaria) y a un año de amenazar construir un muro separatorio con México, de cuestionamientos al Tratado de América del Norte con Canadá y México; de cuestionamientos racistas a árabes segregándolos del territorio estadounidense, de tipificar a los mexicanos de violadores, drogadictos y demás hierbas, toda su política sigue siendo una retahíla de insultos racistas, discriminadores, pero en general hace mucho ruido y concreta poco. Lo más visible en los últimos días es una decisión gubernamental que bajo el argumento de lograr aumentar la inversión y por tanto la producción, ha lanzado una reestructuración tributaria general, que termina beneficiando a la plutocracia norteamericana, entre ella a la ligada al mercado inmobiliario, del que Trump es uno de sus representantes más conspicuos.

TRUMP EN DAVOS

En el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza), Trump ha llamado a los participantes a invertir en Estados Unidos, ya que para él es “América Primero”. El presidente norteamericano ha rechazado las acusaciones de proteccionismo hechas a su política económica, sobretodo por poner en jaque acuerdos internacionales y ha contemporizado con el auditorio formado por los líderes de los principales países capitalistas y directivos de empresas transnacionales. Ha terminado diciendo que “América primero no significa América en solitario porque lo que hace crecer a América beneficia al resto del mundo”, volviendo a reiterar que aún vive en la unipolaridad estadounidense.

El planteamiento de Trump de que en política exterior desea la cooperación para alcanzar la paz, la seguridad y la prosperidad, entra en contradicción con un último documento del Pentágono norteamericano aprobado por la Casa Blanca que apuesta por “construir una fuerza más letal”, que en cifras numéricas justifica los 700,000 millones de dólares otorgados al Pentágono para el año fiscal 2018.

Decía el 19 de enero de 2018, James Mattis, Jefe del Pentágono, al argumentar a favor de la Estrategia de Defensa Nacional de EEUU, que la expansión del espacio competitivo ”priorizará la preparación para guerras”. Reconoce abiertamente que su interés es elevar las capacidades militares en aras a logar la superioridad militar sobre Rusia y China, volviendo al clima de la guerra fría. El belicismo de la fuerza se yergue como el principio rector de la política exterior. Sin dejar de combatirlo, sostienen que el terrorismo no es el problema central sino que la principal preocupación de seguridad nacional de Estados Unidos es la competencia estratégica entre Estados. En primer lugar, las amenazas son Rusia y China. En segundo lugar, Corea del Norte e Irán y en tercer lugar el Estado Islámico, los grupos terroristas, grupos del crimen organizado, narcotraficantes y demás.

El uso de la fuerza sería un principio de política por encima y unificando el trabajo diplomático, informático, económico, financiero, inteligencia, legal y el estrictamente militar.

En síntesis, la era trumpiana se caracteriza por una suerte de rompecabezas que arma un Frankestein entrecruzando su lema central “Estados Unidos primero” con una praxis de aislacionismo diplomático, de proteccionismo económico unido al rechazo a la amenaza del cambio climático, al racismo y xenofobia y al fortalecimiento militar, que les permitirá mantener la hegemonía global.

Están advertidos los pueblos del mundo.


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